martes, 14 de mayo de 2013

El burdel democrático


EL BURDEL DEMOCRÁTICO


He aquí la nueva carta de presentación de nuestro amado presidente:
Político de buena presencia y con prestigio internacional ofrece negociar lo que se tercie. Tarifas también negociables. Discreción garantizada. 
Antes de que nadie me haga preguntas sobre la buena presencia y el prestigio internacional recordaré que siempre se miente un poco (o un mucho) en este tipo de anuncios...
Ahora en serio, el humor es la única vía que se me ocurre para digerir el cinismo que últimamente acompaña al secretismo y la opacidad de nuestro gobierno. No puedo tragar tanta arrogancia sin endulzarla con un poco de humor y, ante tanto cinismo, mi cuerpo segrega sarcasmo para evitar que segruegue bilis hasta ahogarme.

La respuesta del presidente a Rosa Díez acerca de sus negociaciones ha sido el último agravio de una larga serie de afrentas. Ya que nuestro presidente le tema más a los periodistas que un chico tímido a un grupo de macizas, es de agradecer que la líder de UpyD consiga desesperarle y nos enteremos de lo que realmente piensa. El presidente no quiere contarnos qué está negociando con quienes no respetan las leyes (para eso son vips y no ciudadanos corrientes) como tampoco quiere hablar de hipotecas,  de economía, de la corona, de Bárcenas, de la corrupción o de cualquier otra cosa de interés general que se nos ocurra.
Tal es el respeto de Rajoy y sus compañeros de partido hacia la cosa pública. ¿Discreción versus exhibicionismo? Nadie pide a nuestros líderes que sean estrellas de la telebasura y canten, imiten a famosos o salten desde un trampolín. Mucho menos queremos conocer su vida privada. El problema no es que nos aburramos, así que no seré yo quien hable a favor del estilo mediático de Berlusconi o de Chávez. Entre lo opaco y lo circense hay un término medio, porque si queremos que comparezcan ante los periodistas y respondan sus preguntas como en un país normal no es para hacer gracietas que colgar después en Youtube sino para dar explicaciones de asuntos tan graves como los susodichos.

Pero según nuestro presidente resulta que la distinción semántica entre hombres públicos y mujeres públicas no sólo es machista sino innecesaria porque la política y la prostitución vienen a ser poco menos que lo mismo. La principal virtud de un buen presidente es la misma que necesitaría para ser una buena puta (perdón, quería decir señorita de compañía): la discreción.
Siendo así, reconozcamos que nuestro gobierno es una excelente casa de putas (perdón, quería decir agencia de escorts) donde banqueros, empresarios y políticos chantajistas pueden acudir para recibir un servicio de calidad a buen precio y confiar en que el servicio y la incómoda cuestión del pago quedarán al margen del conocimiento público. Por supuesto, en este burdel democrático se reserva el derecho de admisión. Más vale tener influencias y recursos pecuniarios porque el resto no tenemos siquiera derecho a echar un vistazo y aquellos que se atrevan a protestar desde la calle sólo merecen el máximo desprecio. Y es que molestar a los clientes del burdel no es sólo propio de nazis pancarteros sino también de chusma ruidosa y sin clase que no acepta que carece de dinero e influencias para entrar en el burdel. Más le valdría a esta turba quedarse en casa durante los cuatro años que siguen a las elecciones.
Porque así funciona y se autorregula el “libre mercado” de los “liberales”, es decir el libre mercado de las corruptelas, de los sobres, de las prebendas y de los intercambios de favores. Un burdel que se regula a sí mismo y con la máxima discreción.
¡Y los demás a callar como putas!

lunes, 15 de abril de 2013

La república milagrosa



LA REPÚBLICA MILAGROSA

Corren malos tiempos para la monarquía. O quizás no tanto como se dice, porque, francamente, no se me ocurre para qué otra cosa sirve hoy una monarquía sino para alimentar esa política ligera que levanta cotilleos y discusiones con una pasión directamente proporcional a su intrascendencia.
La monarquía me aburre y me resulta vacía de contenido. No nos une a los españoles ni nos garantiza otra cosa que el bienestar de la familiar real. No movería un dedo por mi rey (ya me resulta raro el llamarlo mío) y tampoco lo movería por quitarle porque no espero nada tampoco de ninguna república. No, no es mi propósito ejercer de abogado del diablo sino advertir de las expectativas demasiado ambiciosas, demasiado poco realistas, del republicanismo español.

No hay dos sin tres, rezaba un lema que quería meterle un gol a la lógica matemática, y después de la “segunda restauración borbónica” toca que llegue la tercera república. Pero el régimen que nació en 1931 fue, antes que la segunda república, la primera democracia española. Lo que hizo de la Segunda República una experiencia innovadora fueron las elecciones realmente democráticas, algo que podría haber sucedido durante la monarquía si Alfonso XIII no hubiera preferido los apaños parlamentarios y el caciquismo a la incertidumbre del voto universal y libre. Por contra, una tercera república llegaría dentro ya de un régimen electocrático.
Entonces, ¿qué podemos esperar de una República? ¿Una verdadera democracia? ¿Y eso qué significa? Se me puede argumentar que un régimen no puede ser realmente democrático si la jefatura de Estado es hereditaria pero ocurre que tal cargo es honorífico y los poderes de un verdadero jefe de Estado están en manos del presidente. La política del “jefe de Estado” se limita al protocolo y su voz es el discurso que otros le escriben, tan impersonal y anodino que en un futuro podría encargarse de ello una aplicación informática. En cambio el presidente del Banco Central (por poner uno de los muchos ejemplos que se me ocurren) tampoco ha sido elegido por los ciudadanos y su poder es mucho más real. Cuando el rey habla, al día siguiente se hacen los cotilleos políticos que corresponden porque hay que rellenar periódicos. Cuando el presidente del BCE habla, los mercados tiemblan y se analiza con la mayor seriedad cuanto hace y dice.
Repito, ¿qué podemos esperar de una República? No desde luego una regeneración completa, la ruptura soñada que marque un antes y un después. Una República no es más que la sustitución de un rey por un presidente. Una reforma modernizadora (los títulos nobiliarios están anticuados) pero sólo una más de las muchas que serían recomendables; y no de las más urgentes.
Se nos promete que la caída de la monarquía iría acompañada de una verdadera revolución pero si en algo coinciden republicanos y monárquicos es en olvidar que la corona sólo sostiene a la propia corona, que el día que la monarquía acabé la familia real perderá sus títulos y honores (que no su mucho más importante patrimonio) y punto. Nuestros caciques y banqueros saben muy bien cuidar de sí mismos y si llega el caso harán suya la república y su bandera. ¿O alguien espera que se inmolen por amor a la rojigualda y los Borbones?
Nuestros parientes del sur de Europa ya lo saben. Italianos, portugueses y griegos se han olvidado de lo bueno que es vivir bajo un régimen republicano. La Italia que legó Berlusconi es tanto o más corrupta, católica y facha que España y los descendientes de sus antiguos reyes viven como adinerados playboys para delicia de la prensa rosa de allí.

Aceptémoslo: el apasionamiento republicano (y también el antirrepublicano) sólo pueden ser explicados por causas históricas. El fantasma de la Segunda República camina entre nosotros, agitando su bandera tricolor hasta conseguir la merecida “revancha”. Cabe preguntar si no se puede defender la República como lo que es, una forma de Estado, sin necesidad de apelar a un episodio histórico tan triste. Los alemanes construyeron una nueva República aprendiendo de los errores de la República de Weimar y lo mismo deberíamos hacer los españoles en vez de tomar como modelo un episodio fallido.
No hay tampoco necesidad de crear símbolos nacionales nuevos. ¿Qué importa que la bandera rojigualda fuera elegida por un rey, inspirado en la bandera de la Corona de Aragón? Portugal luce el escudo real en su bandera y los sellos reales en sus monedas y no por ello es menos república. Hoy la bandera o el himno son símbolos que no pertenecen a los Borbones sino a todos los españoles, que deberíamos aspirar a algo más que cambiar el color de la barra inferior de nuestra bandera.

martes, 18 de septiembre de 2012

¿Existe la clase política?



¿EXISTE LA CLASE POLÍTICA?


¿Existe la clase política? Desde que el politólogo italiano Gianfranco Pasquino hablara de casta política (para el caso da lo mismo hablar de clase o de casta) para referirse a Berlusconi y toda una generación de políticos corruptos, el término ha tenido un enorme éxito también en España. Sin embargo el concepto no goza de la aprobación de todos. Dentro de la izquierda hay quienes lo rechazan porque la verdadera responsabilidad recae para ellos en empresarios y financieros. ¿Políticos o banqueros? La clase política parece una contradicción con la teoría marxista de lucha de clases.

Merece la pena, pues, revisar el concepto original de las clases sociales, que Marx utilizó pero no inventó porque era anterior. Para los primeros economistas lo que define una clase social es el recurso productivo que se posee: los terratenientes tienen la tierra, los capitalistas el capital y los trabajadores su fuerza de trabajo. ¿Y qué recurso pueden poseer los políticos que los defina como clase social? El poder político, un recurso tan intangible y difícil de definir como valioso y, por ello, muy real. Los políticos tienen la capacidad de decidir en una enorme medida lo que se produce y cómo se reparte. Se supone que en una democracia este “recurso” tan especial se “vende” en un “mercado” electoral con reglas tan singulares que me obliga a prodigarme con las comillas porque lo habitual es referirse al sistema electoral como la contrapartida del mercado y no como su igual.
Sin embargo existe otro mercado político donde los políticos no se compran con votos sino con maletines, regalos, favores, donaciones, cargos y demás bienes o favores de muy diversa naturaleza. Dicho mercado no está socialmente aceptado pero existe y tampoco es enteramente ilegal, pues nuestras permisivas leyes sólo sancionan las formas más evidentes de intercambio. Al político que recibe recompensas que no sean monetarias se le supone la inocencia y al donante se le supone también un ciudadano satisfecho con la democracia que sólo busca demostrar su gratitud desinteresada.
Por otra parte los favores políticos no son una mercancía tangible ni divisible, de forma que en este mercado no existe la venta minorista ni anónima. En el mercadillo político se requieren la discreción, contactos y riquezas que sólo los lobbies e individuos ricos y pudientes tienen. El efecto final es una sociedad menos equitativa y que se parece a las utopías de los defensores del libre mercado como un huevo a una castaña.
Respecto a si la culpa recae sobre los políticos que participan en este mercadillo o en los empresarios o financieros que compran sus favores, tal discusión es tan estéril como la que mantenían los economistas en el siglo XIX sobre si es la demanda o la oferta la que determina los precios. Alfred Marshall la resolvió con su metáfora de las tijeras: es como discutir sobre cuál de las hojas de la tijera corta el papel. Una metáfora brillante y hasta atractiva visualmente porque las curvas de la oferta y la demanda de los manuales de economía parecen tijeras. La compra-venta de favores políticos es cosa de dos partes y ambas partes son igualmente culpables y complementarias como las hojas de la tijera.

¿Existe la clase política? Por supuesto que existe, en la medida en que se tolere el mercadeo político y no se quiera asumir el problema y tomar medidas realmente efectivas que vayan más allá de los reproches entre partidos. En la medida que existe ese mercadillo político deja de existir la democracia y eso ocurre en la medida en que los políticos lo consienten y nosotros, el pueblo, se lo consentimos.

martes, 4 de septiembre de 2012

Hablando claro

Hablando claro, a la puta calle


A la mierda con el lenguaje políticamente correcto y opaco.


Una estadounidense me explicaba que allí hablan de mass dimissal cuando se despide a muchos trabajadores de una empresa. Literalmente es "despido masivo". Parece lógico.



Pero en inglés británico lo llaman redundancy, que también se usa para algo que sobra, justificando ya de forma implícita el hecho.



En España lo llamamos ERE: expediente de regulación de empleo. Bravo por la claridad. Con siglas porque nos gustan los eufemismos y que no se sepa muy bien lo que significan las cosas. El comentario de mi amiga fue "What the fuck?". Pasé de explicárselo porque ni yo mismo lo entiendo.



Por un lenguaje políticamente incorrecto os pido que habléis de "despidos masivos", y dejémonos de expresiones absurdas.

martes, 31 de julio de 2012

Padres sensatos, gobiernos insensatos



PADRES SENSATOS, GOBIERNOS INSENSATOS


Si fuera posible poner a todos los economistas de acuerdo en algo -y dicen que si preguntas a tres economistas tendrás cuatro respuestas, siendo la cuarta la de algún economista muerto- sería en el papel capital, incluso fundador, de Adam Smith. El economista escocés puso los cimientos de una nueva ciencia social y su «Riqueza de las naciones» no sólo es una de las grandes obras del pensamiento sino que su estilo claro y bien estructurado desborda sentido común, así que se presta a citarlo con facilidad. Así ocurre cuando Smith nos asegura que ningún cabeza de familia prudente gastaría más de lo que ingresa y que lo que parece sensato para un cabeza de familia debe serlo también para un gobierno.


Es un afirmación tan sensata como intuitiva y tanto sentido común no parece que pueda ser rebatido. Desgraciadamente, la Economía no es la ciencia tan sencilla e intuitiva que algunos pretenden. Lo que parece evidente debe ser discutido y entonces aparecen los detalles sutiles y las objeciones. Claro que, de no ser así, los economistas serían poco más que matemáticos de segunda fila que hablan una extraña jerga.
La primera observación es que, ¡ay!, la mayoría de los padres de familia de hoy gastan mucho más de lo que tienen gracias a nuestros bancos. ¿Alguien imagina nuestro capitalismo sin hipotecas? El patrimonio de la gran mayoría de las familias se mide con números rojos, algo que Adam Smith nunca imaginó y que podría llevarnos a una discusión interesante; pero hay una segunda objeción que me parece más grave.
Este problema quizás sea el mayor obstáculo para que la Economía pueda ser una ciencia intuitiva y es que la diferencia entre particulares y gobiernos y otras instituciones poderosas no es sólo cuantitativa. El dinero no significa lo mismo para particulares que para gobiernos. Sirva un ejemplo cercano. Si un kilo de tomates cuesta un euro, los particulares podemos pensar que tener cinco euros en el bolsillo es como tener cinco kilos de tomates (dejando aparte el coste de tiempo y esfuerzo por la compra. Razonable, ¿verdad? Sin embargo pensar que tener cien millones de euros es como tener cien millones de kilos de tomates resulta una insensatez. Semejante compra alteraría el mercado, elevando los precios hasta que los cien millones de kilos de tomates nos costaran mucho más que cien millones de euros. Por no hablar del tiempo requerido y de las escaseces que pudiéramos crear a corto plazo...
Algo así ocurre con el problema de la deuda pública. Es sensato que un individuo gaste y ahorre sin pensar en el impacto de tales decisiones sobre los precios, el empleo o el tipo de interés. Ninguno de nosotros, ni siquiera los muy ricos, podemos alterar el mercado con nuestras decisiones si no es a un nivel agregado. En cambio, un gobierno sí puede influir sobre las grandes variables de la economía y el estadista que piense como un padre de familia, por muy honrado y lúcido que pueda ser, es un completo insensato. Habrá de pensar en los efectos a corto y largo plazo del nivel de gasto y de cómo esto afectará al resto de la economía, porque dicha deuda absorberá además el ahorro que pudiera invertirse por canales públicos o privados en otras alternativas.
Esto no es todo, ni mucho menos, porque la deuda pública puede ser un interesante instrumento para estabilizar el crecimiento económico. En tiempos de expansión el Estado puede subir los impuestos y controlar los gastos con el consiguiente superávit y frenando los posibles desequilibrios. Cuando lleguen las «vacas flacas" ese superávit servirá para que el Estado pueda aumentar el gasto y rebajar los impuestos, suavizando el impacto de las crisis. De este modo el Estado puede ser un «amortiguador macroeconómico" que reduzca los bandazos que suponen las crisis periódicas para nuestro sistema capitalista.
Hasta aquí he hablado de economía pero ha llegado el momento de hablar de política, no de eso llamado economía política sino de política real. Los gobiernos actúan, ay, del modo contrario al explicado, como nos ha mostrado bien esta crisis. En tiempos de bonanza recortar impuestos y descontrolar el gasto es demasiado tentador: el propio crecimiento compensará los efectos. Desde luego no harán nada por evitar cualquier burbuja especulativa. La inflación será un mal menor al lado de la creación de empleo y, cómo no, de inmensos beneficios para los especuladores. Cuando llegue la crisis no habrá margen para recortar los impuestos y aumentar el gasto. Al contrario, el desplome de los ingresos fiscales obligará al gobierno a aumentar los impuestos y recortar gastos. La inflación y el déficit comercial se convertirán ahora en motores de la destrucción de empleos.
Así pues, en el mundo real el Estado, lejos de actuar como un amortiguador macroeconómico, funciona como un «muelle» que fomenta el crecimiento desequilibrado y prolonga después las crisis. El supuesto sensato cabeza de familia actúa sin visión alguna de futuro.
Empero, no deja de haber cierta sensatez en todo ello. Nadie ha sido nunca el más popular de la fiesta llamando a la moderación y advirtiendo de los peligros de los excesos. Los aguafiestas no son bien recibidos y hasta el momento de la resaca el más juerguista de la fiesta estará en la ola. Continuando la metáfora, llegarán entonces unos personajes incluso más odiosos que los antes amados juerguistas, los hipócritas que dicen que siempre nos lo advirtieron aunque nadie pueda recordarlo. Porque ellos, adivinos del pasado, siempre dan muy buenos consejos de lo que no deberíamos haber hecho después de haberlo hecho. Ha llegado la hora de los economistas.
Porque ellos siempre lo supieron. No sólo eso, nos lo advirtieron e insisten aunque los especialistas de las ciencias naturales y algunos economistas críticos hablen con sorna de la Economía como la ciencia que hace predicciones sobre el pasado.
En honor a la verdad, debe reconocerse que algunos economistas lo advirtieron y que no es tanto la capacidad predictiva de los economistas lo que debemos cuestionar como su ética profesional. ¿O acaso no había miles de economistas trabajando para los bancos centrales y particulares, organismos estatales, empresas, etc.? Si los gobiernos actúan con imprudencia por motivos electorales, los economistas hacen lo propio por el afán de lucro. El economista que defiende su opinión propia ante el sentir general arriesga su futuro y, triste es decirlo, el primer objetivo de un economista no es interpretar y predecir sino buscar una explicación racional y sofisticada para ideas preconcebidas.
Es más, como cualquier profeta que se precie, un economista debe ser además un buen moralista. No en tiempos de euforia, claro. Entonces no hay lugar para la ética en el mercado, esa institución amoral que, sin embargo, es capaz de crear los mejores incentivos para que la búsqueda del interés personal se convierta en la búsqueda del interés común. Es luego, cuando el mercado falla, que los economistas deben encontrar razones fuera del propio mercado. La codicia y el deseo de vivir por encima de nuestras posibilidades, dicen, son las verdaderas razones del desastre. Las crisis no sólo son merecidas sino que actúan como correctoras, tal es la eficacia del mercado que lo que en principio parece un desastre resulta ser una valiosa lección. La crisis es el justo castigo de nuestra codicia y despreocupación.
Si los economistas lo dicen habrá que creerles, y, sobre todo, es una explicación lógica y satisfactoria para quienes desean vivir en un orden moral donde la codicia es castigada y la búsqueda razonable de beneficios es premiada.
Es una idea tan hermosa y tan tranquilizadora que duele decir que todo esto es una sandez que sólo sirve para el que quiera tener fe. La inmensa mayoría de los codiciosos no han sido castigados. Los directivos de los bancos que concedieron créditos con demasiada facilidad siguen disfrutando del botín conseguido, junto a economistas, ejecutivos o políticos. El castigo del famoso Madoff no deja de ser una anécdota y cabe preguntarse si hubiera recibido su castigo de no haber engañado a tantos ilustres personas. En cualquier caso el castigo de un culpable no es suficiente para redimir al capitalismo.

lunes, 21 de noviembre de 2011

20-N: Un castigo merecido

Para interpretar los resultados electorales de ayer debemos olvidarnos de los escaños y mirar los votos. No hay otra forma en un sistema tan injusto para las minorías no nacionalistas, donde mi mi voto vale la cuarta parte que la de un votante de Batasuna.
Lo que podemos ver es no ha habido ningún avance arrollador de la derecha sino un castigo a un partido desleal e incapaz. La ganancia en votos del Partido Popular ha sido discreta mientras que la fuga de votos hacia la abstención y, sobre todo, a partidos pequeños como UPyD o IU ha sido impresionante.

La ley electoral puede haber deformado la voluntad popular pero no pienso votar "útil". El hundimiento del PSOE es merecido después de ocho años desperdiciados en los que se ha hablado mucho de corrupción pero no se ha hecho una sola reforma legal para frenarla; se ha hablado de especulación sin mover un dedo para detenerla; tampoco se ha realizado más reforma laboral que para hacer aquello que nunca se iba a hacer: facilitar el despido. Donde sí se han hecho reformas importantes es respecto a la organización territorial... para deshacer aun más el poder del Estado y la vertebración territorial.

Lo más positivo que puedo sacar de estos ocho años de gobierno son las medidas respecto al tabaco o los accidentes de tráfico. No es suficiente para tanto tiempo. Ocho años desperdiciados que han tenido un final muy justo. Lo realmente injusta es la ley electoral, mantenida con la aprobación de los políticos socialistas, que posiblemente esperen que los votantes volvamos a votar "útil". Desde luego no pienso ceder a ese tácito chantaje.

jueves, 23 de septiembre de 2010

El maltrato del lenguaje

Después de una larga sequía, retomo con ilusión este blog y con la intención de abordar los más diversos temas, como el lenguaje y el feminismo.


EL MALTRATO DEL LENGUAJE

La historia del lenguaje no es, como pretenden las feministas, la historia de una guerra de sexos. Sí es la historia de una guerra o disputa entre personas e instituciones, entre individuos anónimos y personajes renombrados, entre la espontaneidad y la planificación. También, y sobre todo, de una guerra entre la búsqueda del conocimiento y la búsqueda de intereses más mundanos. Los intelectuales intentan ordenar esa creación espontánea que nos han dejado incontables generaciones porque el lenguaje es la base del pensamiento. No son ajenos a los conflictos de intereses y ellos mismos tienen sus propios objetivos personales, pero saben que el lenguaje es la base del pensamiento y sus limitaciones son limitaciones para aquél.

Pero su dominio acaba en el mundo académico e incluso éste no se encuentra fuera de la guerra de intereses. Más allá está la «calle», el mundo exterior donde el interés por persuadir al prójimo a través del lenguaje prima sobre cualquier búsqueda del conocimiento. No existe otro medio más sutil para manipular el pensamiento de las masas, para eludir su desconfianza hacia quienes intentan inculcarles ideas de forma explícita. Esta suspicacia desaparece cuando se trata del uso del lenguaje. Véase el debate sobre la utilidad de la discriminación positiva, un debate que lleva décadas abierto y que genera en la calle enconadas opiniones en contra y a favor. Y, sin embargo, no prestamos la debida atención a los propios términos en que se plantea la cuestión.

Sí, nos han dicho que «discriminación» es un término a priori inmoral y condenable, impropio de una sociedad moderna y tolerante, que sólo cuando se acompaña del adjetivo «positivo» puede ser legítimo. A pesar de que «positivo» tiene un significado original que poco tiene que ver con la moral. Se distingue entre conocimiento «positivo» y «normativo» y también de cantidades «positivas» y «negativas» en las matemáticas. Igualmente se habla de incentivos «positivos» y «negativos» para referirnos a premios y castigos.

Nietzsche, un filólogo, ya nos enseñó en su Genealogía de la moral los tortuosos caminos a los que puede llevar la manipulación de los términos. El sentido original de la distinción entre discriminación positiva y discriminación negativa no era otro que diferenciar si la discriminación se basa en premios o castigos, sin ningún juicio moral a priori. De hecho, la discriminación positiva no tiene absolutamente nada de nuevo. Los numerosos privilegios de la aristocracia en el Antiguo Régimen son un magnífico ejemplo de discriminación positiva que, sin embargo, los defensores actuales del concepto nunca utilizan y es fácil entender el motivo. De forma igualmente deliberada tampoco recuerdan que es una distinción relativa porque toda discriminación positiva implica una discriminación negativa y viceversa. Para que unos disfruten de cuotas y subsidios otros deben sufrir recortes e impuestos. La discriminación positiva de unos es la discriminación positiva de otros porque todo cambio en el debe debe tener su correspondencia en el haber.

Entre los apologistas de la discriminación positiva no los hay más hábiles que las feministas, las musas que me inspiraron para escribir. Siguiendo mi propia recomendación de utilizar el lenguaje para ordenar ideas y no confusión, juzgo ocioso distinguir entre feministas y feministas radicales o «hembristas», como prefieren algunos. Hace mucho que los principios defendidos por las feministas originales han sido aceptados por una mayoría lo suficientemente amplia de la sociedad. Al menos en Occidente no es necesario defender hoy el derecho al voto, a la participación política o a la educación para las mujeres. Ser un feminista moderado hoy significa tanto como decir que no se pertenece a una exigua minoría retrógrada que se oponga aún a tales objetivos. El ministerio llamado de «Igualdad» no puede llenar su agenda con objetivos ya cumplidos.

En realidad ni siquiera se trata de un verdadero ministerio de «Igualdad» cuando desprecia los otros muchos tipos de desigualdades que existen en nuestra sociedad además de entre hombres y mujeres. Se «sobreentiende», pues, que dicho ministerio tiene poco que ver con los problemas de nuestros mayores e inválidos o de las diferencias entre regiones. «Igualdad de sexos» sería un nombre más adecuado pero tampoco serviría, ya que sólo se ocupa de aquellas desigualdades que ocurren en perjuicio de las mujeres, nunca cuando son los hombres los perjudicados. Así, por ejemplo, defender los derechos de los separados sobre sus hijos no corresponde a este ministerio. Todo lo contrario, las feministas tienen el mayor interés en que España se mantenga al margen de la tendencia en Europa a equiparar los derechos de custodia entre padres y madres.

Ministerio de «Feminismo» sería entonces la denominación más fiable para una institución que ha sido entregada a ese lobby para defender sus intereses, una cesión injusta y que debiera resultarnos tan escandalosa como un ministerio de «beneficios empresariales». Los lobbies quizás sean un elemento inevitable de la política pero ningún gobierno debería ceder a la presión hasta el extremo de hacerles partícipes directo del gobierno de un país, si bien es cierto que el poder de este lobby va mucho más allá de la alianza con un partido concreto. De otra forma es inexplicable la aprobación casi unánime de la infame Ley de Violencia de Género, ley que no tiene que ver con la violencia ni con el género ni con lo que se supone que es una ley en un Estado de Derecho. Otra maravilla del maltrato del lenguaje.

No es de género porque lo correcto es hablar de sexo, por mucho que las feministas quieran rescatar el tabú que el cristianismo impuso a nuestra civilización durante siglos y de los que tanto nos costó liberarnos. Demasiado nos ha costado que se pueda hablar de sexo con naturalidad para aceptar semejante retroceso.

Tampoco es de violencia porque esta ley sobre el «maltrato» va mucho más allá de lo que razonablemente podamos relacionar con ese concepto. Todos condenamos la violencia contra las mujeres pero esto es una cosa y otra muy diferente convertir en delitos comportamientos que son faltas en cualquier Estado de Derecho. Desde luego que no son plato de buen gusto los insultos, obscenidades, injurias o cualquier otro comportamiento íncivico y descortés. Deben ser rechazados con firmeza, pero no es el propósito de las leyes el sustituir la educación y la ética. Encarcelar a los hinchas que insultan y pitan a nuestro equipo, al conductor que injuria a nuestra madre porque no aceleramos lo suficiente o incluso a ese vecino grosero que nos hace sentir incómodos cada vez que nos topamos con él sólo agrava el problema y no lo resuelve, por más que tales comportamientos, repito, deban ser socialmente amonestados.

Deberíamos hablar, pues, de la «Ley contra la Desconsideración Masculina», una ley insólita porque pretende criminalizar más allá de lo que es propio en una democracia, rechaza la presunción de inocencia y establece que:

La presente Ley tiene por objeto actuar contra la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia.

De nuevo sacaremos un gran provecho si prestamos atención a las palabras. Resulta que detrás de toda relación afectiva hay una relación implícita de poder del hombre sobre la mujer (nunca al contrario), dominio que sólo puede basarse en la fuerza del varón. No en la fuerza física, claro ésta, porque no es una ley contra la violencia sino contra la desconsideración y para el insulto y la ofensa prima la fortaleza de carácter sobre la mera fuerza física. Las mujeres son seres ingenuos y frágiles, incapaces de sobrellevar los comportamientos desconsiderados; también de mentir, por lo que el testimonio de la acusada sirve de prueba contra el presunto culpable. Así pues, las mismas que se niegan a utilizar de forma explícita el concepto de «sexo débil» le dan pleno sentido, algo que tampoco debe sorprendernos porque la manipulación del lenguaje no tiene como objetivo, y nunca se insistirá lo suficiente en esto, ordenar el lenguaje y racionalizarlo sino manipular a la gente. Poco importa que estas manipulaciones lleven a las conclusiones implícitas más absurdas y lamentables.

He aquí el verdadero daño de la manipulación feminista del lenguaje, que va mucho más allá de los risibles intentos por inventar «palabros» y arbitrios para deformar el idioma con arrobas, «lideresas» y redundantes tratamientos de «ciudadanos y ciudadanas».


Acabaré con un ejemplo, el de los cada vez más numerosos «observatorios de violencia de género». No repetiré por qué «violencia de género» es absurdo y debiéramos hablar de «desconsideración» pero aquí tenemos un concepto nuevo, el de «observatorios», para sustituir a los comités. «Comités de Vigilancia del Comportamiento Masculino» sería un nombre muchísimo más apropiado y descriptivo para que entendiéramos su verdadera naturaleza, aunque, gracias a Dios, en la práctica no funcionen para nada.

Propongo una idea más útil. Propongo crear «observatorios para el maltrato del lenguaje». ¿Por qué no? ¿Acaso no sería mucho más útil para la sociedad vigilar la manipulación artera de las palabras? Propongo no uno de esos llamados comités de sabios, que no son otra cosa que individuos elegidos por los políticos para proporcionar apoyo a sus tesis, sino un comité de verdaderos expertos independientes. Aunque su función debería ser siempre recomendar y nunca imponer su criterio, por muy imparcial y meritorio que fuera su trabajo. Quizás ya exista para esto la RAE, cuyo trabajo debiera ser más valorado por su independencia y prestigio de quienes la forman que el de ninguno de esos comités u observatorios políticos que sirven para manipular al público y maltratar al lenguaje que nos pertenece a todos.

domingo, 18 de abril de 2010

Con V de vencidos


Aunque reconozco mi gusto por un buen debate, nunca me interesaron los llamados revisionismos y las inacabables discusiones sobre teorías conspirativas. La leyenda urbana que afirma que el alunizaje de Neill Armstrong fue un montaje puede ser divertido pero no lo es tanto cuando se cuestiona la existencia del Holocausto, se banaliza la Guerra Civil o se tratan otras cuestiones más actuales pero igualmente dolorosas.No está de más, sin embargo, releer la Historia para interpretarla por encima de las interpretaciones preexistentes. Cumplido no ha mucho el setenta aniversario de su comienzo, la Segunda Guerra Mundial fue el acontecimiento más universal de su siglo, del que en realidad todavía no hemos podido distanciarnos mentalmente en este demasiado joven siglo XXI. Su final fue el principio de la paz más larga que haya conocido Occidente y que todos esperamos que sea definitiva. Sólo por esto, se podría pensar, bien merece celebrarse y concluir que fue una guerra victoriosa de la democracia contra el totalitarismo. Aquellos que vivieron la mayor contienda que vieran los siglos pasados y presentes no pudieron pensar de otra forma. Tanto esfuerzo, tanta sangre, sudor y lágrimas vertidas no podían haber servido sino para la mayor victoria nunca vista. Festejaron el final de la guerra y se dispusieron a construir un mundo en ruinas.


Han pasado muchas décadas y apenas quedan supervivientes del conflicto. Podemos juzgar con la mayor perspectiva que nos concede la distancia temporal y emocional, y hacer un juicio bastante menos complaciente. Con pesadumbre pero siguiendo mi conciencia, debo decir que aquella guerra nunca debió ocurrir y lo afirmo en un sentido que va más allá de aquella famosa sentencia de Charles Chaplin de que nunca hubo una guerra buena ni una paz mala. Sin embargo, él mismo realizó la mayor apología belicista de la historia del cine en "El dictador" y dio su apoyo a la guerra más devastadora de todas. Sintiéndolo mucho, ni la legitimidad de aquella guerra ni su éxito parecen evidentes.

Empecemos por la sabida causa, el expansionismo alemán (y también el japonés), que llevó a Francia y Gran Bretaña a declarar la guerra a Alemania tras la invasión de Polonia. A los que vivimos en un mundo con fronteras tranquilas y bien definidas la invasión de un país por otro nos horroriza y con razón. No podemos imaginar un casus belli más legítimo ni evidente. Pero pido al lector que contemple el mundo no con los mapas de hoy sino con los de 1939. Se llevará una buena sorpresa al descubrir cómo Francia y Gran Bretaña se reparten las tres cuartas partes de África, la mitad de Asia (bastante más si no contamos la gigantesca pero desolada Siberia) y la mayoría de los archipiélagos de Oceanía.

En efecto, las potencias que se levantaron contra el imperialismo alemán o el japonés eran las mayores potencias imperialistas de su tiempo, en un grado que no tiene paralelo sino con los que fueron luego sus aliados en la guerra. Porque Estados Unidos había cumplido su destino manifiesto de expandirse a costa de indios, mexicanos o españoles sin mayores miramientos, amén de su opresivo dominio sobre Filipinas o sobre los archipiélagos que, también arrebatados a España en su día, retiene todavía. ¿Y qué decir de la Unión Soviética, fiel heredera del imperialismo zarista, que mantenía con la misma mano de hierro su control sobre las repúblicas bálticas o los antiguos khanatos de Asia Central?


Tampoco que Francia o Gran Bretaña ostentaran regímenes parlamentarios puede servir de argumento cuando ambas se habían cuidado de que el parlamentarismo no saliera de las metrópolis. Sólo en el caso de las colonias de colonos blancos Gran Bretaña consintió en ello por el recuerdo hummillante de las trece colonias. A diferencia de nuestra abarrotada cámara de Naciones Unidas, en la Sociedad de Naciones la mayoría de lo que hoy son países estaban "representados" por ambas potencias, por lo que debemos ser cautelosos al considerar el valor de sus decisiones. Porque sólo aceptando que el imperialismo ejercido sobre hombres blancos sea más antinatural puede decirse que la anexión de Austria o los Sudetes fueran hechos más graves que la anexión y dominio de tantos territorios en África o Asia. No es un argumento al que se recurra por el evidente racismo que destila, el mismo con el que el británico Cecyl Rhodes había justificado la conquista de las razas inferiores. En honor a la verdad, hay que reconocer, sin embargo, que el imperialismo británico había actuado con el mismo rigor allí donde había hombres blancos como los irlandeses o los boers, descendientes de los primeros colonos holandeses de Sudáfrica...

No se trata, empero, de justificar el expansionismo de Alemania o Japón en una década nefasta, y mucho menos todas las crueldades que se derivaron, sino señalar que la declaración de guerra de Francia y Gran Bretaña -o sería mejor decir del Imperio Francés y del Imperio Británico- no nació de un horror sincero por el avance alemán o japonés sino de un cálculo estratégico que, se pensaba, compensaría su amoralidad con los resultados.
Churchill conocía bien lo que significaba la invasión y opresión de un país débil. Había tenido ocasión de aprenderlo participando en la campaña de Sudán, en la que los fanáticos y hambrientos seguidores del Mahdi habían sido masacrados por el ejército británico. También lo vio en Sudáfrica. Con el recuerdo reciente de la destrucción del reino zulú, el Imperio Británico reprimía esta vez a los boers en su intento de tener su propio país independiente al saber de la existencia de minas de diamantes en sus tierras. Para controlar mejor a los rebeldes boers, hombres, mujeres y niños fueron internados en campos de concentración donde padecerían hambre y enfermedad.
Sí, el campeón de la libertad había aprendido de primera mano lo que eran el genocidio y los campos de concentración, así que decidió que eran métodos inadmisibles para otros países. En su cruzada contra el imperialismo ajeno no tendría reparo en negociar con dictaduras de cualquier signo, ya fueran los militares sublevados en España o el nuevo zar Stalin. La gran causa de Churchill no fue la libertad o el humanitarismo sino su país, un objetivo que puede ser patriótico -no digo que no- pero no justifica la idolatrización que quieren hacer los liberales con él.

Cinco años y cincuenta millones de muertos después pudo hacer el célebre símbolo de la victoria. Europa estaba arrasada y el totalitarismo soviético se preparaba para hacerse con más de medio continente. Keynes le había dedicado años antes un famoso artículo, “Las nefastas consecuencias económicas de Mr. Churchill”, y bien podría haberse escrito otro ahora titulado “Las nefastas consecuencias humanas y políticas de Mr. Churchill”. Pero una crisis económica, por muy dolorosa que pueda ser, no es comparable al resultado de una guerra. La gente quería paz y necesitaba un héroe. Y ahí estaba Churchill para ser un héroe. Además, ¿no había prometido sangre, sudor y lágrimas y había cumplido su promesa con creces? Sí, y eso es algo de lo que pocos políticos pueden presumir.


miércoles, 17 de febrero de 2010

Un pájaro de mal agüero (y la crisis se coló en mi blog)

Comienzo mi blog con el primer artículo sobre política que me decidí a escribir. El tema fue el Nobel de Economía de 2008, el célebre Paul Krugman, uno de los economistas más influyentes de la actualidad.

Este artículo apareció originalmente en OcioZero:
http://ociozero.com/?q=node/2742


UN PÁJARO DE MAL AGÜERO


¿Sorprendió la crisis a todos? No al premio Nobel de Economía de 2008 Paul Krugman, un economista con la rara, y dudosa, virtud de acertar las más nefastas predicciones...


Por un capricho aún por explicar, Alfred Nobel dispuso que las matemáticas no tuvieran cabida en su premio. Resulta tan sorprendente que la única ciencia que trabaja con verdades absolutas haya sido excluida que se habla incluso de un idilio de la esposa de Nobel con un matemático. Otros opinan que, como a tantos nos ha ocurrido, el autor tuvo sus problemas con los números en sus tiempos de escolar... Sea como fuere, el Nobel de Economía se ha convertido en la puerta de atrás al Nobel para muchos matemáticos “reciclados”, y es que los que hemos estudiado Economía sabemos bien que el nivel de abstracción en que se encuentra dicha “ciencia” ralla lo absurdo.

De vez en cuando, sin embargo, se concede el Nobel a algún economista por méritos más interesantes. Tal es el caso de Paul Krugman, premio Nobel de 2008. Sí, Krugman se maneja bien con los números pero mantiene los pies sobre el mundo real y escribe con un estilo claro e incluso brillante. Pero mis motivos trascienden la admiración personal por el economista y la relevancia política de este premio Nobel va más allá de la oposición declarada de Krugman hacia Bush y, en general, de la política económica de los llamados neocons que ha inspirado al Partido Republicano desde los tiempos de Reagan.

Paul Krugman bien podría convertirse en el economista más influyente después de la victoria de Obama porque a los méritos citados se une otro realmente peculiar en un economista: el de hacer predicciones arriesgadas, que otros economistas no se atreven a hacer, y acertar. Al propio Krugman le gusta contar como, invitado a México para dar unas conferencias sobre la economía de este país, se atrevió a exponer un punto de vista muy crítico y hacer predicciones muy poco halagüeñas en un momento (principios de los noventa) en que la economía de ese país crecía de forma espectacular. Los organizadores le advirtieron, educada pero firmemente, que era una predicción arriesgada. Poco después estallaba la llamada Crisis Tequila y se iniciaba una crisis devastadora para el país.

Igualmente acertado se ha demostrado con las crisis de Argentina, de Japón, del Sureste asiático… o con la crisis actual, que para él tiene su origen en la falta de regulación sobre ciertas instituciones financieras, que se habrían dedicado a actuar como bancos aprovechando el vacío legal, y que tendría bastante en común con la crisis de 1929.

La solución para la crisis actual que propone es muy poco convencional pero no olvidemos que Krugman también predijo el limitado éxito que tendrían las políticas tradicionales (como bajar los tipos de interés) y apuesta porque sea el Estado el que tome el relevo del sistema financiero con grandes proyectos de inversión pública…

Se trata justo de las medidas que salvaron a países como Estados Unidos o Alemania de la Gran Depresión y el lector se preguntará qué tiene de novedoso resucitar a Keynes, el gran economista de aquella crisis, setenta años después . Quizás también piense que si la actual crisis se asemeja a aquélla bien podemos aprovecharnos de sus enseñanzas.

Son preguntas sensatas pero Paul Krugman habla de lo que él llama la ideología dominante, un conjunto de ideas que, a fuerza de ser repetidas, se convierten en comúnmente aceptadas. No hay más que ver a tantos periodistas convertidos en economistas simplemente por repetir algunas de esas ideas, que poco tienen que ver con Keynes. Ha llovido mucho desde que el economista británico revolucionara la ciencia económica y pocos economistas creían probable otra crisis como aquélla hace sólo algunos años. Las crisis ocurridas en Japón o el Sureste asiático fueron simplemente catalogadas como producto de culturas corruptas y altamente intervenidas. Después de la crisis del petróleo una generación de economistas aceptó que el mejor remedio contra la crisis es el control de la inflación, el equilibrio presupuestario y el control del tipo de interés. La idea de una crisis global con inflación muy baja (o incluso deflación), crecimiento escaso y tipo de interés al mínimo sencillamente les desconcierta.


Con este panorama la aplicación de un gran programa de gasto público en Estados Unidos que propone Paul Krugman no es nada fácil. El abultado déficit público es otro problema y, aunque parezca absurdo, poner en marcha en Estados Unidos un gran proyecto de obras y servicios públicos es mucho más difícil que utilizar esos fondos para financiar una costosa guerra exterior. George Bush financió una guerra que costó (y costará, porque el pago no ha terminado) bastante más de ochocientos mil millones de dólares pero Barack Obama lo tendrá bastante más difícil si apuesta por emplear una suma parecida en construir infraestructuras (de las que Estados Unidos está necesitado, aunque parezca mentira) o incluso en crear un sistema sanitario público.

Ahora bien, si Krugman está en lo cierto, no sólo valdría la pena ese plan por los enormes beneficios sociales sino que sería el mejor remedio para reactivar la economía de Estados Unidos cuando ni bancos ni empresarios van a hacerlo. La alternativa, advierte Krugman, es seguir el caso japonés y una larga etapa de bajo crecimiento.

Está por ver si Krugman tiene razón, y las dificultades de su plan no son pocas, pero al mismo tiempo me aterra cuando la Unión Europea está apostando por seguir el camino opuesto. Si en Estados Unidos un gran plan de gasto público semejante es difícil, en Europa es sencillamente imposible con un Banco Central completamente independiente y cuyas autoridades, aunque desconcertadas por la ineficacia de sus medidas, prefieren seguir los pasos de Japón y su larga decadencia a probar “herejías” económicas. La crisis podría ser bastante prolongada para los europeos si Krugman tiene razón y los “beneficios” provocados por la moneda común hasta ahora (inflación y burbuja inmobiliaria principalmente) serían sólo un adelanto de lo que habría que venir.

Con este negro panorama me gustaría pensar que Paul Krugman no es más que un pájaro de mal agüero y un profeta barato, que lo ocurrido en Japón no puede pasar aquí y que el BCE es una institución sensata y flexible… Pero luego recuerdo que estamos ante uno de los economistas más brillantes de nuestro tiempo y que no tiene de profeta más que su bíblica fisonomía, que su valía supera a la inmensa mayoría de los que se han licenciado a sí mismos como economistas a base de repetir ideas sencillas que suenen sensatas para el gran público.

Otro blog para la blogosfera... (y es el segundo)

Es un hecho que la llamada blogosfera está peligrosamente despoblada, así que aquí viene otro blog...

¿Otro blog? ¿Y además cuando el autor ya tiene uno? Después de mucho pensarlo, he considerado que sería bueno separar la literatura de mi interés por la actualidad, la historia o cualquier asunto filosófico y político. Parecen temáticas suficientemente distintas para tener su propio blog y aquí está.
De momento es el blog de un parado con contrato de desempleo indefinido, humilde economista (otro más salido de las facultades españolas) de currículum, lector y escritor aficionado que encuentra tanta evasión en una novela de ciencia ficción como en los temas políticos. Aunque prefiero la política "trascendental" a los cansinos cotilleos diarios que dan de comer a los periodistas (que tienen todo el derecho, ojo) pero no llevan a nada a mi humilde entender.
¿Cómo definirme políticamente? En lo económico soy más socialdemócrata o intervencionista (que no socialista) que liberal. En la Facultad mis profesores liberales me enseñaron a desconfiar de los políticos y luego, aventajado aprendiz de escéptico, aprendí a desconfiar de mis antiguos profesores... En lo social soy bastante moderado. Agnóstico sin fe, me gusta ser tolerante con los asuntos religiosos. En lo nacional me gusta hablar claro de España. Siendo los nacionalismos el gran problema estructural de España, es momento de dejarnos de eufemismos como "Estado Español".

Pero creo que lo que mejor me define es que nunca he tomado la política como algo personal y una discusión como un asunto de orgullo. Me gusta hablar con calma y quien me conoce sabe que soy muy tranquilo... Así que entra en mi blog, amigo, y opina.

Lo mejor es que empiece a posicionarme a partir de ahora en cada artículo.